La historia de la columna. Día 2. Mayo 6, 2008
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Los avatares de la vida de mi psicólogo me llevan esta vez hasta la zona oeste, más precisamente a Morón. Cuando me ve llegar me apunta con cara de picarón si llegué tarde porque soy (de)Morón. La humorada no me causa ninguna gracia y tomo asiento. El galeno mental le pide al mozo que traiga otra copa. Son las tres de la tarde y está tomando un whiskilín. Sonrío para mis adentros esperando el ansiado elixir pero pronto todo se desvanece en el aire: el camarero viene con un Criadores, una bandeja y la copita plateada para servir una medida. Brindamos a su salud. Se justifica diciendo que de la mía se encarga él. Y acto seguido se jacta del trabajo realizado con Torraca: “viste, decime si no parecía otro”. A lo que le respondo con fastidio que efectivamente era otro. Se desilusiona y agrega: “¿Se dieron cuenta?”, le contesto que todo el equipo y empezando por el hecho irrefutable de que se llamara Nicolás. Se queja amargamente: “le dije a ese perejil que tenía que decir que se llamaba German Torraca…”. Lo interrumpo y aprovecho para contarle que me lo pensé bien y que estaría de acuerdo con que se encargue de la crianza de Valentino, pero que no me cierra la parte de acostarme con su mujer a cambio. Me tranquiliza sustentando su confianza con un argumento irrefutable: es menos probable tener sexo con mi señora que la posibilidad de que el Mostro Leibele vuelva al fútbol o que Copes deje la farmacia. Me quejo subrayando el hecho de que no está bien hablar así de un paciente suyo. Me mira canchero y me dice que no hay problema porque no está violando el secreto profesional-paciente al hablar conmigo. Le recuerdo que lo del secreto profesional-paciente tiene que ser con el paciente en cuestión y no con cualquier paciente. Se pega con la palma de la mano en la frente y dice: “¿En serio? No te la puedo creer. Con razón. Ahora entiendo porque me retiraron el diploma del consultorio…los tipos me dijeron que lo hacían con todos los psicólogos eméritos, que era para cambiármelo por uno con mención de honor. La verdad me pareció raro porque yo me recibí en el ‘64 con promedio de 4,80. Igual en ese momento me hice el gil…pero claro, ahora que lo pienso esto fue hace como un año y medio. Algo extraño tenía que pasar”…”pasar”: lo que pasan son los minutos y entre sus divagues y los suyos, me doy cuenta de que esta segunda reunión se encamina nuevamente hacia el fracaso. Intento retomar el hilo por las astas (si no les cierra la frase, se joden) y le tiro sin amagues que si pensó el tema de la columna: “¿qué columna?…mirale las gambas” cuando levanto los ojos de mi copita vacía lo veo con un hilo de baba mirándole las gambardelas a una mina que espera el bondi. Le hago caer en la cuenta de su falta de decoro y de su error. Disimula diciendo que era una joda. Vuelvo a convocarlo para que hablemos de la columna y me repite “¿qué columna?”. Mi hastío se agudiza. Me tomo aproximadamente veinte minutos en explicarle. Parece no entender. Agarro una servilleta y una birome y le empiezo a hacer dibujitos. Primero al estilo Daloi: una canchita con nombrecitos. No sirve. Después empiezo a dibujar a Daloi: de frente, de perfil, haciendo jueguitos, con la pelota cayéndosele por hacer jueguitos. No hay caso. No sabe de lo que le hablo. Finalmente, con una irritación sin metáforas juego mi última carta y le escribo en la servilleta: http://lapaginadelaresaca.wordpress.com/ y lo convoco a una lectura concienzuda. Han pasado unas horas y ya sin el decreto-ley de Cristina, la tarde cae precipitadamente. Apesadumbrados, cada uno pensando en sus cosas, pedimos otro Whisky y brindamos paradójicamente a la salud de la resaca (F.C.).
La gambeta del Tero y el ¨yo no fui, juez¨ Mayo 6, 2008
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Para los que se olvidaron de Bruno, el rubio zurdito que sonreía siempre y nunca supimos muy bien por qué, colgamos este video exclusivo donde lo vemos entrenando la gambeta del tero cual Daniel Loruso en Karate Kid. Por si su capacidad ofensiva no alcanzara, también practica el foul y alzar los brazos al grito de ¨¡se tira solo, juez!¨





