La historia de la columna. Día 6. – Crónicas de Hernia Julio 11, 2008
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Comensales. A esta altura, tercer piso de un edificio en la calle Uriburu, se producirá por fin un encuentro con el oráculo de la mente humana jugando de local -es cierto que también tiene un local de comidas insanas en el microcentro, pero es en su consultorio-. Por fin ha regresado del largo viaje emprendido al Tigre en el 60 Panamericana Bajo, directo de Plaza Hussey.
En la antesala, en un tono decolorado, asisto ante el espectáculo de un recuadro ajado en la pared donde antes hubo de encontrarse seguramente un cuadro. Tomo asiento y un vaso con agua que hay sobre el escritorio. El psicólogo me pregunta que cómo ando. Le digo que mal, que me tienen que operar de la hernia. Ante esto se pone de pie, y me dice que él no realiza ese tipo de intervenciones y que si le estoy proponiendo algo contravencional, que me largue. Me doy cuenta de que está feliz por el juego rítmico de las palabras “intervención-contravención” y por el giro ibérico “que me largue”. Asumo que ha entendido mal y le digo que no le he dicho que él me tenía que operar. Sentencia: “Excusas, lo he escuchado muy bien. Me dijo, cito: “…mal, me tiene que operar de hernia”. Por favor, le pido que se retire”. Cuando termina de pronunciar esta frase ya me tiene frente a la puerta del ascensor. Perturbado, me avivo que este prohombre del saber humano ha entendido perfectamente, pero se está haciendo el zota. Ya dándome la espalda, agrega: “Me debe el dinero de la consulta”. Contengo el insulto. Descenso directo al quirófano. Por suerte, para La Resaca no hay descenso directo. Ni indirecto.
Au revoir, arrivederci, bye bye, adiós.
Predicciones del último psicólogo romántico:
- Ojo con el picante en las comidas (si les dan miedo las Crónicas de Hernia y imagínense las Crónicas de Hemorroides, contada por sus dueños). Paréntesis: ni que hablar de las hemorroides crónicas.
- Recibirán un llamado importante: es el Papa Benedicto XVI, no lo atiendan. Paréntesis: probablemente se haga llamar Joseph Ratzinger, es una vieja estratagema que suele utilizar para que reciban el llamado. Repito. No lo atiendan.
- Haga ejercicio, dígale sí a la resaca.
La historia de la columna. Día 5. – Quiero Vale 4 Junio 3, 2008
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Conversación telefónica. El líder de la revolución del inconsciente me atiende con una voz bastante cercana a su objeto de estudio. “Ah sos vos ¿qué hacé?” Le contesto que deprimido y que si puedo referirle un sueño repetido que tuve nuevamente. Me apunta que si yo no soy el paciente que escribe una columna y que da clases de tango. Respondo que “sí” a lo primero y “paso” a lo segundo. Ante esta respuesta se queda en silencio. Calculo que pensativo y me dice con un tono apremiante e imperativo: “Falta de envido”. Sólo se me ocurre apuntarle que lo de “paso” fue una metáfora. Me dice que no le importa. Que le responda si quiero o no. Le digo que no quiero. Me contesta: “bueno entonces, truco”. Contengo el insulto y le digo que sí, que soy el que escribe una columna por culpa de su pereza y que, respecto del truco tampoco quiero. Me dice que deje las cartas en el mazo y sigue adelante como si la cordura no se hubiese disipado ni por un segundo: “Mirá, contarme ese sueño y que luego se publique en el diario me recuerda la siguiente frase…‘como dijo el proctólogo, es un chiste interno’. ¿Me captás?” Realmente no estoy seguro de comprender, aunque más allá de lo guarango del símil creo que tiene cierta lógica Lo noto nervioso. Su excentricidad llega a tal extremo que lo incomoda que un paciente le relate un sueño. Restándole importancia a sus desvaríos doy paso a la narración: “Estoy en una fiesta. Allí hay de todo: ex jefes, ex jóvenes, una tortuga que tuve en la niñez que intentó suicidarse tirándose por la ventana y como sobrevivió, meses más tarde, tomo veneno para ratas, chiquilinas en muy buena forma, los hermanos Copes con los bigotes de los hermanos Marx fumando sendos habanos, Willy con una muñeca de plástico que la hace pasar por su novia, presentándosela a los invitados y en un sillón al fondo aparece Prado escribiendo en una antigua máquina Remington con la tecla de la tilde oxidada y tomando un gin tonic.
En eso veo a mi abuelo. Una señora se le acerca y le muestra un dibujo erótico –tipo historieta- en blanco y negro. Mi abuelo dice: ‘Betty Boop…mmmmhhhh…perdón, voy al baño’. En eso salgo al balcón y me encuentro con el psicólogo dentro del sueño, aunque como ya dije, afuera, en el balcón. Le cuento lo que estoy soñando y, completamente despreocupado y restándole importancia al hecho de estar dentro de mi sueño me dice: ‘Mi generación ha sido muy castigada en ese sentido. Si eras tímido con las minas, no te quedaba otra que recurrir a una historieta que mostrara alguna teta. Ustedes con Internet y todas esas cosas se hacen unas pajas de lujo’.”
He terminado mi relato. Espero una respuesta. Pasan unos segundos y del otro lado de la línea se escucha una voz ronca. Es el mentalista que impostando una voz excesivamente masculina, arrabalera y dicharachera prorrumpe: “Quiero retruco”.
Quiero vale cuatro. Él no lo sabe pero tengo el ancho de espadas.
Dedicado a la salud del Guacho y a Laurita por su amistad y su genialidad inspiradora.
La historia de la columna. Día 4. – Eleven. Mayo 21, 2008
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Barrio del Once. Crisol de razas. Esquina Paso y Corrientes. Marcho al encuentro del psicólogo. A cincuenta metros se ubica el Gran Templo de Paso. Enfrente un supermercado chino. Se me ocurre comentarle al llegar que durante toda mi niñez mis padres me obligaron a ir al templo en los días de las fiestas importantes –la jerarquía religiosa es muy peculiar-. Siento que como todo buen psicólogo debe honrar a la civilización judía por eso de Sigmund. Así como todo buen científico debería hacerlo por Einstein y todo buen comunista por Marx. Así como todo buen judío debería aborrecerla por culpa de sus padres y por conocerla desde adentro. Llego finamente al bar y el maestro me está esperando en una mesa contra una ventana. La mirada fija en el horizonte. Concentrado, lacónico. Un brazo acodado hacía afuera. La ventana abierta pese al frío. El horizonte escudriñado subsiste un poco hacia arriba. Cuando intento orientar mi cuerpo para tener su misma perspectiva visual, me señala sin saludarme: “A la humanidad el Pupi Zanetti le salió raro: casi lindo, casi horrible. Una combinación que no vi nunca. A mí la gente me parece linda, fea o más o menos. Pero Zanetti no es más o menos: es casi lindo, casi horrible ¿me entendés?” Logro finalmente descifrar hacia donde mira y veo un cartel gigantesco del jugador. Ante la imagen que me devuelve -como alcohólico antes de dormir- el cartel, no puedo más que rendirme a semejante e irrevocable acierto. Con un gesto cervical, apruebo.

Tomo asiento. No sé como abrir la conversación. Así que no digo nada. Pienso, eso sí, que quizás estoy por presenciar uno de sus breves momentos de lucidez mental. Lucidez espasmódica, por cierto. Como una tos, un motor con problemas de carburación. En efecto, el maestro de la quiromancia onírica fue el que propuso el título televisivo “Carburando” allá por la década del setenta. Aunque claro, se trataba de un programa sobre psicoanálisis. Fue rechazado. Aproximadamente quince años después se utilizó para el programa que ya todos conocen. Hago una intentona para ver si su estado mental, al que aludí más arriba todavía sigue en pie, pero compruebo que se ha derrumbado. El psicólogo yace en suelo retorciéndose. Se queja de algo, pero no se comprende de qué. Empieza a babear. Grita algo sobre la resaca. Este detalle en medio del berenjenal que ha provocado me llena de vanas esperanzas. La gente de las mesas vecinas, lejos de ayudar comienza a retirarse espantada. Todo es en vano. Allí permanece tumbado. En esta ocasión ni siquiera pudimos hablar de Torrraca que volvió al arco y particularmente excedido de peso. Mucho menos de la columna que, como hilo de baba, se pierde lentamente sobre los mosaicos en un hilo de baba.
Aprovecho eso sí, para mandarle desde este foro un saludo a mi Baba Eva.

PS: el editor me comenta que el equipo por su mal momento necesita las palabras del psicólogo más que nunca. Así que recurro a una frase que nuestro terapeuta me refirió hace ya mucho tiempo: “No entiendo cómo puede haber gente tan pelotuda que le pone a su auto calcomanías de otra marca de auto mejor.” Espero que esta frase ayude a levantar el ánimo. Si no, por lo menos, mejorará el buen gusto de los comensales: ya saben, si tienen ese tipo de calcomanía…
La historia de la columna. Día 3. – El mismo, la misma. Mayo 15, 2008
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Plaza Hussey. En frente de la imponente casa de altos estudios de la salud, construida por el General Perón, me encuentro con el maestro de la parapsicología. Parece hacer caso omiso de tal majestuoso recinto. Lo encuentro sin el menor rastro de solemnidad sentado en un banco de la plaza, con el diario increíblemente aún entre las manos, con el cuello colgando hacia atrás, la respiración pasmosa y su ya característico hilo de baba cayendo. La imagen es decorada auditivamente con un suave estertor producto del ronquido de un sueño inestable y seguramente lleno de imágenes juveniles y picarescas.
Lo zamarreo un poco por el brazo y sin la menor dilación, despreocupado, me dice: “¿qué hacés?, ¿por qué no me despertaste?”. Directamente no le respondo. Me anuncia que está a punto de emprender un viaje. Me sorprendo y le pregunto a dónde. Me encuentro verdaderamente apenado, con la triste sensación de que la columna se aleja cada vez más. Me contesta que no sabe, que no está seguro, pero que supone que al Tigre: “Viste ahí en Ayacucho, por ahí pasa el 60”. Me tranquiliza la corta distancia del mismo, al tanto que me preocupa la salud mental del mismo. Le aviso que tengo poco tiempo y espacio porque estamos en Internet y si pensó lo de la columna. Me guiña el ojo y ya me veo venir otra vez el tema de Torraca. Lo paro en seco y le recuerdo que el arquero este vez fue Rodrigo y que lo conocemos desde hace muchos años y que tenemos alguna foto que demuestra que él y Torraca no son la misma persona, empezando por el hecho irrefutable de que aparecen juntos en la moderna pictografía. Me mira y sentencia: “Excusas”.
Todavía me encuentro de pie y lo someto a un interrogatorio para comprobar si leyó la página de La Resaca. Me mira desconcertado y me dice que se llevó la servilleta a su casa pero que cree haberla usado el domingo a la noche para sumergir adentro una cuantiosa porción de pizza y que además, no importa cuánto aceite haya trasparentado la misma, no entiende qué es eso de “http://” que la misma tenía escrito. Le digo que la corte de decir “la misma”, mientras espero su clásico “era una joda”. Ante su silencio me veo en la obligación de explicarle que eso significa que es una página de Internet. No he terminado de explicarle en qué consiste este detalle nimio, y empieza a tararear un tango. Lo observo inquinado, o más bien inclinado (a punto de caerse) y en eso aparece en su tararear el estribillo de “El bulín de la calle Ayacucho”. Estoy a punto de enojarme, pero algo me lo impide: el psicólogo ya está durmiendo otra vez la mona. Caigo en la cuenta de que de lo único que estoy a punto es de escribir la columna yo mismo, una vez más. Por esta vez, da lo mismo.
Felices siestas.
La historia de la columna. Día 2. Mayo 6, 2008
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Los avatares de la vida de mi psicólogo me llevan esta vez hasta la zona oeste, más precisamente a Morón. Cuando me ve llegar me apunta con cara de picarón si llegué tarde porque soy (de)Morón. La humorada no me causa ninguna gracia y tomo asiento. El galeno mental le pide al mozo que traiga otra copa. Son las tres de la tarde y está tomando un whiskilín. Sonrío para mis adentros esperando el ansiado elixir pero pronto todo se desvanece en el aire: el camarero viene con un Criadores, una bandeja y la copita plateada para servir una medida. Brindamos a su salud. Se justifica diciendo que de la mía se encarga él. Y acto seguido se jacta del trabajo realizado con Torraca: “viste, decime si no parecía otro”. A lo que le respondo con fastidio que efectivamente era otro. Se desilusiona y agrega: “¿Se dieron cuenta?”, le contesto que todo el equipo y empezando por el hecho irrefutable de que se llamara Nicolás. Se queja amargamente: “le dije a ese perejil que tenía que decir que se llamaba German Torraca…”. Lo interrumpo y aprovecho para contarle que me lo pensé bien y que estaría de acuerdo con que se encargue de la crianza de Valentino, pero que no me cierra la parte de acostarme con su mujer a cambio. Me tranquiliza sustentando su confianza con un argumento irrefutable: es menos probable tener sexo con mi señora que la posibilidad de que el Mostro Leibele vuelva al fútbol o que Copes deje la farmacia. Me quejo subrayando el hecho de que no está bien hablar así de un paciente suyo. Me mira canchero y me dice que no hay problema porque no está violando el secreto profesional-paciente al hablar conmigo. Le recuerdo que lo del secreto profesional-paciente tiene que ser con el paciente en cuestión y no con cualquier paciente. Se pega con la palma de la mano en la frente y dice: “¿En serio? No te la puedo creer. Con razón. Ahora entiendo porque me retiraron el diploma del consultorio…los tipos me dijeron que lo hacían con todos los psicólogos eméritos, que era para cambiármelo por uno con mención de honor. La verdad me pareció raro porque yo me recibí en el ‘64 con promedio de 4,80. Igual en ese momento me hice el gil…pero claro, ahora que lo pienso esto fue hace como un año y medio. Algo extraño tenía que pasar”…”pasar”: lo que pasan son los minutos y entre sus divagues y los suyos, me doy cuenta de que esta segunda reunión se encamina nuevamente hacia el fracaso. Intento retomar el hilo por las astas (si no les cierra la frase, se joden) y le tiro sin amagues que si pensó el tema de la columna: “¿qué columna?…mirale las gambas” cuando levanto los ojos de mi copita vacía lo veo con un hilo de baba mirándole las gambardelas a una mina que espera el bondi. Le hago caer en la cuenta de su falta de decoro y de su error. Disimula diciendo que era una joda. Vuelvo a convocarlo para que hablemos de la columna y me repite “¿qué columna?”. Mi hastío se agudiza. Me tomo aproximadamente veinte minutos en explicarle. Parece no entender. Agarro una servilleta y una birome y le empiezo a hacer dibujitos. Primero al estilo Daloi: una canchita con nombrecitos. No sirve. Después empiezo a dibujar a Daloi: de frente, de perfil, haciendo jueguitos, con la pelota cayéndosele por hacer jueguitos. No hay caso. No sabe de lo que le hablo. Finalmente, con una irritación sin metáforas juego mi última carta y le escribo en la servilleta: http://lapaginadelaresaca.wordpress.com/ y lo convoco a una lectura concienzuda. Han pasado unas horas y ya sin el decreto-ley de Cristina, la tarde cae precipitadamente. Apesadumbrados, cada uno pensando en sus cosas, pedimos otro Whisky y brindamos paradójicamente a la salud de la resaca (F.C.).
La historia de la columna Mayo 2, 2008
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Respecto del tema del psicólogo estuve negociando en un bar de la ciudad porteña de Buenos aires, microcentro. Sin embargo, el celular le sonaba más que a Anibal Fernández: está atendiendo a los Copes, nomás. En síntesis, me dice que él se encarga de confirmar por mí, así que yo escriba la columna para confirmarlo a él. A esto le respondí que qué le parecía si yo atendía a los Copes y él hacía las veces de delantero de La Resaca. Me respondió que el siempre lleva la delantera en cuanto a resacas respectan y que no entiende por qué escribo esa palabra con mayúscula. Trato de explicarle pero parece no entender. Acto seguido me propone criar a Valentino, dar clases de tango (se debe haber confundido con otro paciente), y estar divorciado de mi ex mujer. Si bien la propuesta me resulta atractiva, insisto en tomar a su mujer por esposa, siempre y cuando el sexo sea con la luz apagada y el se encargaría de pedirle a Martín”el guacho” Martón que tire un centro. Responde que no. Se justifica diciendo que a Martín lo atendió en 2000 y lo sacó a flote para que rindiera físico-química previa y que por lo demás es un caso perdido. Escucho con atención esta justificación y se me ocurre la posibilidad de que labure como dietólogo con Torraca. La idea lo seduce por un instante, mientras se imagina en la tele “En cuestión de peso” al lado de Cormillot disfrutando del panel y del catering que suele haber en los sets de filmación. Lo saco de su fascinación, ya con un hilo de baba en la boca. Se pide un tostado triple con un café con leche y jugo de naranja y me dice que se tiene que encontrar con Timoteo Griguol que dejemos las negociaciones para más adelante. Así pues, parece que la primera columna no será la del Goloso de rodas, ni tampoco la del psicólogo más famoso, pero al menos es la historia de una negociación que promete.








